domingo, 14 de noviembre de 2010

Vacaciones 4












Foto X-C

—¿El cura de la sobrina preñada?
—El mismo, siempre quiso a las niñas, a Manolita, la tuvo en casa hasta que se lió, con el boticario un verano, debió de prometerle de todo, pero luego na de na, la chica se quedó sola y tuvo que dedicarse a pajillera. Vivía en una casa abandonada sobre el acantilado, algunos la iban a ver por la noche, de día recogía lo que podía en el pedreru. Cuando cerró el cine ya era mayor, ya habían abierto la whisquería del Valle de Tuscani, y sólo la visitaban cuatro viejos. Una noche de nordes la casa ardió, todo fue muy rápido, cuando llegamos allí, ya no quedaba nada, supongo que la castigo Dios, por puta; pero bueno, molaba como te bajaba la bragueta y te sacaba la pirula del pantalón, la primera vez me corrí en los calzoncillos antes de que me la sacase, empezó a frotármela por fuera, y claro... como yo era un chaval. Luego, el domingo tenía que confesarme con don Servando y se que le jodía, tal vez ella lo hacia por eso, por joderlo a él. Todo el mundo decía que la pegaba cuando se emborrachaba con el vino de misa y ella no se dejaba.
El que contaba la historia tenia unos cincuenta años, aunque podrían ser sesenta, por lo bien trabajado que estaba; tenía el rostro lleno de marcas, como si se hubiese estrellado con el coche o como si le hubiesen partido la boca varias veces, aunque por la forma en que apuraba las pintas de vino seguro que le anduvieron por la cara mas de una vez.
El hombre pidió a la chica otra ronda y la conversación se animo. Le contaron los chismes del cura y de su sobrina, la tonta del pueblo, aunque no era del pueblo; siempre se traía a una de las brañas para amaestrarla, y de cómo se dedicaba a camelar a las viejas para quedarse con su dinero para el cepillo. También le contaron alguna historia del farmacéutico y de cómo se había hecho rico vendiendo medicinas caducadas del ejercito, que le proporcionaba un coronel que había estado con él en milicias en Salamanca, todavía agradecido de las copas y de las putas que le había pagado el estudiante.
Pero no sabían de quien era la discoteca, unos decían que era del jefe de la policía y otros que del farmacéutico, pero lo único cierto era que el zángano del hijo del boticario trabajaba allí de encargado por el verano, y que el que hacia de dueño era Sebastián Miranda, el jefe de la policía local.
Ya se estaba haciendo tarde, había que ir a tomar una sidra y aquellos no callaban, ya estaba un poco harto de oír tanto chisme, así que me levante y me fui dejando una buena propina, de veinte céntimos, a la cantinera, aunque no me canto nada. Todavía tenia que pasar por el hotel antes de ir a la sidrería a ver el partido. Se me acumulaba el trabajo.
En el hotel le saludo en la recepción Jenny, una colombiana que no tenia veinte años y una boca que parecía el Cañón del Colorado.
—Buenas tardes señor. ¿Que tal el baño, estaba caliente el agua?
El que esta caliente soy yo, pensó él mientras contestaba a la morena con una sonrisa de ferre a punto de caer sobre la paloma:
—Estaba fría de cojones, voy a necesitar que subas conmigo a la habitación a darme unas friegas haber si me vuelve a circular la sangre.
—Lo que me parece es que al señor se le junta toda en el mismo sitio.
—Si, en la cabeza, a si la tengo de gorda, y cada vez que te veo se me hincha más, no se si de las ganas de echarte un polvo o de rabia por saber que no te lo voy a echar.
—Que cosas dice, vaya a cambiarse que me esta dejando todo perdido y va a venir la señora y no puede encontrar ni un granito de arena en el hall.
—Pues empieza a recoger que me encanta ver como mueves ese trasero, que no sé, que Dios te dio.
La tarde se iba, había que correr, además no tenía ninguna posibilidad con la chiquita. En la habitación se pegó una ducha fría, necesitaba quitarse de encima el jugo de pizarra exprimida de la playa y el empalme de imaginarse montando a Jenny sobre la moqueta.
Ya no sabía si tenía que afeitarse o si no, si le hacía más joven o más viejo, si gustaría más o menos, o si las pocas canas que le empezaban a salir eran cutres o eran interesantes; así que se echó un poco de esa colonia de mujer que tanto le gustaba y se fue. No se fijó en la ropa que se había puesto, pero seguro que estaba bien, ya el tiempo había pasado pero no soportaba ir mal vestido, como uno de esos capullos de la tele, como un político, o como un tertuliano madrileño, o como los que van a misa pensando que cuanta mas gomina llevan en el pelo mas dinero creen que tienen.
Tenía el tiempo justo para ver la puesta de sol, espectáculo mágico que el pueblo proporcionaba y que las terrazas del puerto bien se cobraban. Le gustaba recorrer los acantilados y ver, deslumbrado, como el sol se suicidaba placidamente contra el mar. Le molestaba encontrarse con turistas y veraneantes, y sobre todo lo que mas le jodía era encontrarse con parejas haciendo de enamoradas, la cara de estulticia de ella y la mirada perdida de el, porque de lo que tenía ganas era de una perdida y no de aquella tocacojones que se pasaba el día pidiéndole cosas y diciéndole lo que estaba bien y lo que estaba mal, y de lo enferma que estaba su madre y de lo guay que era su padre y de lo elegante que era el Audi A3 del vecino, cuando lo que él quería era ver el partido y leer el periódico, pero ya sabía que esa noche tendría que disimular amor eterno mientras ella simulaba un extenuante orgasmo, recordando lo bueno que estaba Abbas, el senegalés que vendía DVDs pirateados por los bares.
El sol se moría sin remedio, el amarillo dañino de la vida reventaba contra el azul oscuro del mar convirtiéndose en rojo sangre, dando paso a la noche, el espacio de los sueños y la amargura, de la soledad. Por eso, tras la puesta de sol, la inicial euforia por contemplar algo tan bello y gratis, se convertía en melancolía, la tristeza de recordar algo que habíamos tenido aunque realmente no lo habíamos tenido nunca.
El paseo acababa en los bares del puerto, había que atravesar aquel puzle de sombrillas y mesas, y pijos y pijas, con gafas de sol. Así que cruzó deprisa, aunque despacio, regodeándose del personal, en busca de la sidra primigenia o salvadora. El trabajo se la traía al pairo, estaba hasta los huevos de los jefes y lo único que quería era que lo dejasen en paz, aunque tenía claro que había que pensar algo y resolver aquel asunto antes de fin de mes.

sábado, 13 de noviembre de 2010

La rabia












Spiderman acaba de morir, le han dado una paliza de muerte. Mary Jane huye de la sala donde está el cadáver cubierto por una sabana sobre una camilla, se esconde en el baño donde llora en el suelo. Al salir, Lobezno la espera y le dice:
—Ahora que él... o sea, que si quieres salir alguna vez...
Ella le llama cerdo y lo abofetea. Jarv lo escucha, se acerca a Lobezno y le inquiere:
—Sabe lo que está pasando, sabe lo que siente, ¿cómo ha sido capaz...?
—Por eso Jarv. Porque lo se. Está sufriendo necesita algo que atacar, algo que la ayude a pasar del dolor a la rabia. Porque la rabia te hace moverte. El dolor sólo hace que quieras morirte junto con la persona que has perdido. La rabia te da una razón para vivir. Necesitaba algo, alguien a quien golpear. Así que se lo di. Era lo mínimo que podía hacer. Y si me odia... Bueno, ahora que él ya no está, ella no seguirá por aquí. Que se quede despierta por las noches pensando como hacerme daño así tendrá algo por lo que vivir. Tal vez eso sea cruel, pero a mí siempre me ha funcionado.
J. Michael Straczynski

jueves, 11 de noviembre de 2010

Puedo escribir los versos más tristes esta noche













Foto X-C

Puedo escribir los versos mas tristes esta noche.
Escribir por ejemplo:
Estoy bien jodido o me has jodido bien
y no creo que salga de esta,
pero es tan corto el amor, y tan largo el olvido.

¿Que más da?
Si ya nada es igual,
si ya nada importa,
si ya todo era mentira,
si lo único real eras tu,
si lo único que importaba era tu historia,
si lo único que contaba era tu resta,
si ya nada importa.
Sí, lo has jodido todo bien.
Sí, que más da.
Ahora que me has matado
pensarás que no me oyes,
pensarás que no existo porque nunca había existido.
No sé que pensaras, porqué...
¿Pensaste alguna vez?
¿O pensabas que con joder ya era bastante?

Puedo escribir los versos mas tristes esta noche.
Escribir por ejemplo: yo la quise, y a veces...

lunes, 8 de noviembre de 2010

Rayas



Hace tiempo pasó algo y todo se fue a tomar por culo. Aparecieron rayas entre mis ojos. Me levantaba y sólo veía rayas, se me hacía difícil ver, unas eran negras y otras rojas, pero también las había verdes y grises. Probé a agacharme para ver si podía pasar por debajo, pero dió igual, las rayas siguieron allí, cada día eran mas oscuras. Ya os dije que primero eran de todos los colores, pero poco a poco, empezaron a oscurecerse, los sepias y los marrones empezaron a dominar, hasta que un día todas fueron negras. Para ese día ya no hablaba con nadie, todas las puertas se habían cerrado y no recordaba a ningún amigo.
Al principio, justo antes de llegar las rayas, tenía una mujer y dos hijos, la vida era difícil, pero mi hijos me querían y eso me bastaba. Sólo tenía un problema y es que ella estaba loca, una noche prendió fuego a la casa y todo ardió, los hijos murieron, y aparecieron las rayas. Cuando la encontré le disparé en la barriga, y recuerdo como la miraba mientras ella gritaba en el suelo.
Hay quien dice que estoy loco, pero es mentira, estaba loco de amor por ella y por mis hijos.
Veo a la gente dar vueltas tras las rayas en un patio, veo a mis hijos gritando entre las llamas, veo a mi mujer reventada en el suelo, veo a un cura entre rayas que me da a besar una cruz.
Putas rayas.

domingo, 7 de noviembre de 2010

El dolor













Foto X-C

       Sólo un segundo, ese puto momento en que llegas a casa y lo ves, ya está, la vida ha pasado y te ha dicho adiós, ni tan siquiera le has visto la sonrisa, sólo te ha entrado el frio de la muerte por la espalda. Tienes que sentarte, esperas... no sabes que esperas. Qué no sea verdad. Qué no sea a tí. Qué sea una pesadilla. Qué no despiertes más. Te quedas sentado, esperas un momento a que pase, aunque sabes que ya nunca pasará, que quedará dentro para siempre.

sábado, 6 de noviembre de 2010

La bebedora de absenta



















Cuando Casagemas se suicidó, el 17 de febrero de 1901, tenía veinte años, los mismos que Pablo, su compañero de habitación. Se descerrejó un tiro en la cabeza en un café del boulevard de Clichy, cuando su amada lo abandonó. Entonces la tristeza inundará a Picasso y todo lo pintará en azul.

Pienso profundamente, en que no quiero pensar, me agarro la cabeza y el cuerpo; yo misma, yo sola, no hay nadie más, tengo toda una copa por delante aunque se que no será bastante. Pasó la noche, conseguí llegar a la mañana, aquí estoy, aquí pienso; ya no pienso en nada.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Vacaciones 3














Ya eran las cinco o todavía no eran las cinco, y dudaba entre ir a la playa o tomar otra copa, y como siempre el sentido del deber, o el pecado original, que no lo tenía muy claro, querían que fuese a la playa. A él, que tanto le gustaba antes, ahora le aburría, pero ya todo le aburría, mas bien era algo sin solución. Además estas vacaciones eran distintas, tenía algo que hacer, tenía un encargo, aunque no sabía muy bien como llevarlo a cabo. El tema se las traía, y no era cuestión de cagarla con una gilipollez. Así que pagó la cuenta y se encaminó hacia el hotel, no sin antes echar una mirada de reconocimiento sobre las mesas de la terraza, por si encontraba algo interesante.
El hotel era un viejo chalet, construido a principios del siglo pasado en estilo montañés, con sus grandes alerones de madera y con una torre en una de sus esquinas, le faltaba una mano de pintura, pero esto le daba un toque rancio que resaltaba lo presuntuoso del edificio. La dueña estaba a tono con el conjunto, debía de tener más de sesenta años, pero parecía que ya había nacido con esa edad. Era una bruja que se pasaba el día persiguiendo a las trabajadoras colombianas buscando algo nuevo que mandarles para que no se creyesen que eran alguien; se las traía su sobrino aprovechando el viaje que hacía cada año para traer chicas a la whiskería que había a la salida del pueblo.
Subió a la habitación, desde la que se podía ver la bahía, la mar estaba llena de surferos como cagadas de mosca jodiendo un pastel. Se puso el bañador y se fue a la playa.
Empezaba la tarde, el sol se iba inclinando y ya no hacia tanto calor así que podría sentarse a leer sin falta de sombrilla. Los niños corrían por la arena mientras las madres preparaban los bocadillos y se acordaban de la madre que parió a su marido. Abrió el libro, tal vez en las Confesiones de Tolstói fuese capaz de encontrar el sentido de la vida y el porqué de su profunda insatisfacción y su constante dolor de huevos; por desgracia se posaron a su lado una pandilla de adolescentes salidos, que se comunicaban por medio de gestos y gritos, como si fuesen los indios de una película del oeste. Cada vez que veían a una chica hablaban mas alto y todos a la vez, no sé sí era para que se les oyese lo que decían o para tocar los cojones al personal. Mientras, el hombre intentaba concentrarse en las divagaciones del escritor ruso sobre la utilidad del suicidio para la vida, pero esa tarde necesitaba algo más que paciencia, le habían llamado de la Central pidiéndole que acelerase el trabajo, y el no estaba por la labor, quería alargar su estancia en la costa el mayor tiempo posible, estaba harto de la capital y de aguantar las chuminadas de los jefes.
            Se fue a dar un baño intentando que no le pegase ninguna tabla de surf en la cabeza. El agua, fría como siempre, sirvió para espabilarlo y hacerle creer que tenía diez años menos, así que estuvo nadando un buen rato antes de volver a la arena entre los pieles rojas.
Por suerte había un chiringuito en el prao, sobre la playa. Pidió una cerveza y se quedó mirando a las gaviotas chillar como putas por un billete de cien euros. El sol no se cansaba así que se metió debajo del toldo de camión que hacia las veces de afrodisíaco chiringuito caribeño. La rapaza que estaba detrás de la barra tenía problemas con el chicle, creía que era una polla o algo así que se puede meter y sacar sin parar. La cerveza estaba tan caliente como la chica, pero no importaba, tenía las tetas grandes y la camiseta pequeña. Era todo un espectáculo verla servir a los clientes, no sé como no estaba en el parlamento o al menos en la televisión presentando un telediario.
Siempre tengo la duda de si fue primero el polvo o la culpa, estaba claro de que aquella mujer no tenía culpa ninguna pero tenía un gran polvo. Me ofreció un pincho de ensaladilla rusa o rosa, mientras estiraba el chicle de fresa, le dije que estaba haciendo la digestión del baño y le pregunté por la discoteca del pueblo:
—Lo tienes claro, sólo hay una y es de cuando se inventaron los pasodobles.
         —¿Y entonces dónde vais de copas por aquí, por que supongo que no os quedareis en casa a rezarle a la Virgen del Carmen?
—Hacemos la ruta del puerto, empezamos por el que está más lejos y vamos subiendo, al final si quedan ganas, nos vamos a casa de alguien a seguir la fiesta. A la disco solo van los niños por la tarde y los madrileños a última hora a ver si cae algo.
—¿Y es verdad que la discoteca es del jefe de la policía local?
            —Eso dicen, aunque el que está allí por las noches y hace de encargado es el hijo del dueño de la farmacia, que es tan tonto que ya lleva diez años en Salamanca para sacarse la carrera.
La chica fue a atender una mesa de recién llegados.
Al fondo había una partida de tute cabrón, entre unos tíos con pinta de marineros reciclados a mosca de bar. El mayor de ellos parecía Fu Manchú, tenía un bigote con pinta de oler a cerveza y coño de vieja, el que estaba a su lado debía de haber caído de algún lado, y los otros dos se insultaban sin remordimientos y sin el más mínimo respeto.
El espectáculo me enterneció, debió de ser por el olor a Varon Dandy y sudor, me hacía recordar la infancia y el olor del maestro cuando nos pegaba con la regla. España, qué gran nación. Es la ventaja de tener reyes franceses, que pasan de tí como de la mierda y lo único que quieren es la pasta, así el pueblo puede hacer lo que le dé la gana, o sea tocarse los cojones, mientras los políticos se llevan todo lo que pueden.
Sólo tenían el Marca, así que el hombre creyéndose John Wayne en Escrito bajo el sol pidió un bolígrafo a la camarera, Rosario creo que dijo que se llamaba, y se puso a escribir en una servilleta:

Hace tanto que no te veo
No recuerdo haberte visto
            Sólo recuerdo tus pezones duros
            Y el olor de tu sexo
            Tal vez fue en otra vida
            Pero no puedo dejar de pensar
            Que me besaste en la oscuridad.

Se ve que con el calor se le estaba reblandeciendo el cerebro. Daba la risa ver a aquel hombre ensimismado en su servilleta. Los tertulianos hacía mucho que no veían a nadie escribir, así que pensaron que estaba rellenando una quiniela.
       —¿Y qué, jefe, qué le va a poner al Sporting? Este año bajamos seguro.
       —Si, con este entrenador, que más parece el relaciones públicas de una sidrería, seguro; sabe tanto de futbol como la madre de Tarzán.
       —¿Pero Tarzán no era huérfano?
Alucinado por los conocimientos históricos del aborigen el hombre respondió:
       —No, tenía a una mona de madre.
       —La mona era Jane, que vaya buena que estaba con aquella faldita. Me acuerdo de una vez que llegó un gorila gigante y le quito la ropa. Fue la hostia, se montó una buena en el cine.
       —No sabía que había cine en este pueblo.
       —Si, claro que había, es donde está ahora la discoteca, se llamaba el Cine Roxi, creo que era por la fia del dueño, que se llamaba Rosa, Rosita la soltera le decían, hasta que un día la dejó preñada el cabo de la guardia civil en una borrachera de Soberano y tuvo que casarse con ella, era fea pa perru. Se fueron para Logroño o Burgos o por ahí, por  que el picoleto era cazurro. Cuando murió el padre de Rosi el cine se cerró. Lo que no sabemos es como pasó a manos del farmacéutico.
       —De lo que yo me acuerdo era de la pajillera que había en el cine, por veinte duros te la cascaba.
       —Si, era Manolita, una chiquilla muda que dejaron abandonada en el pueblo y que don Servando, el cura, recogió.

CONTINUARÁ