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viernes, 10 de mayo de 2013

Robert Adams: el lugar donde vivimos





“Vivir es defender una forma” Hölderlin
Robert Adams (Nueva Jersey, 1937) expone en El Museo Reina Sofía la primera gran retrospectiva que se realiza en Europa del fotógrafo considerado como uno de los más grandes cronistas del nuevo Oeste americano. Bajo el título El lugar donde vivimos, la muestra presenta trescientas fotografías en blanco y negro, fechadas entre 1965 y 2007, procedentes de la Yale University Art Gallery, institución que posee los archivos completos del artista. Son veintidós series repartidas en diez salas, y cuarenta libros de fotografía, parte fundamental en la carrera artística y de denuncia de Adams: Perfect Times, Perfect Places, Listening to the River y Pine Valley reflejan la belleza de espacios pasados. En esta exposición está representada toda su obra desde sus inicios en Colorado, hasta sus series más famosas: The New West y Summer Night, y sus últimas imágenes del Pacífico noroeste. También podemos admirar sus textos, ya que son sus escritos los que informan cada sala del museo.

“La ciudad de Denver la fundaron los buscadores de oro en 1861. Su historia es una sucesión de momentos de crecimiento y depresión. Uno de los periodos de expansión más sorprendentes fue el de los años sesenta y setenta, cuando la industria petrolera, la industria militar y el turismo prosperaron a la vez, y todas las industrias del país se trasladaron a Denver a petición de sus empleados, seducidos por la belleza natural de la región. En unos pocos años, sin embargo, la ruina de la región se convirtió en el testimonio de un trato que no llegó a cerrarse. En estas imágenes aparece lo que hemos comprado, lo que hemos pagado y lo que no pudimos comprar. Documentan el modo en que nos hemos alejado de nosotros mismos y, en consecuencia, del mundo natural que declarábamos amar.”

Robert Adams nació en Nueva Jersey en 1937 pero su familia fue dando tumbos hasta encontrarse con Oregón, donde se asentaron, maravillados por la naturaleza del Oeste. Rápidamente ese espacio empezó a cambiar, las afueras de Colorado Springs y Denver, empezaron a llenarse de casas en serie, estaciones de servicio y centros comerciales, el paisaje se fue corrompiendo, Adams empezó a disparar fotografías en un intento de guardar en la memoria colectiva lo que habían sido aquellas tierras y también en un intento desesperado y autista de denuncia. Surgen imágenes silenciosas, nada románticas, como si la naturaleza se hubiese quedado muda en el asombro de su destrucción. Bajo un cielo de justicia, el blanco y negro muestra la tierra descarnada, casas blancas que se extienden hasta el infinito, gasolineras solitarias y alguna persona de vez en cuando para mostrarnos su soledad y su insignificancia. Ya no hay indios ni cowboys, ni búfalos, ni tan siquiera praderas, todo ha sido sepultado, con el sueño americano, por una losa de polvo, por el polvo gris.
Ríos contaminados, bosques talados hasta el tuétano, eso queda, eso nos muestra Adams en una belleza dolorosa, y con palabras cortantes que me recuerdan el brillo metálico de las frases de Bradbury y sus descripciones de otro mundo arrasado, Marte.

“Solemos definir las llanuras por lo que falta en ellas, y consultamos los mapas para saber hasta dónde tendremos que conducir para encontrar alguna cosa, las montañas del Oeste o las ciudades del Este. A fin de cuentas, ¿para qué sirven los trigales, los puebluchos y el cielo? En este paisaje el misterio es una certidumbre, una certidumbre elocuente. Silencio por todas partes: silencio en el trueno, en el viento, en el canto de las palomas, incluso el silencio de la puerta de una furgoneta al cerrarse. Cuando cruces las llanuras, abandona la carretera interestatal y busca una carretera secundaria donde pasear; escucha.”


domingo, 28 de abril de 2013

Virxilio Vieitez







































































Virxilio Vieitez (1930-2008) llena las paredes de Espacio Fundación Telefónica del 7 de febrero al 19 de mayo en una retrospectiva con más de 250 fotografías, seleccionadas entre 50.000 negativos realizados de 1953 a 1980 por las aldeas de Terra de Montes, en la provincia de Pontevedra.
La cámara enfoca y dispara contra la realidad, inmortaliza la miseria, las ilusiones, los pequeños rincones de alegría y la muerte de todas esas gentes que habitan una España de odio y tristeza. Los personajes aparecen inmóviles como faraones egipcios esculpidos en las piedras del Valle de los caídos o como obispos, señores feudales, mantenedores de que todo siga igual; nadie se mueve, apenas una sonrisa, como la de del capitel tallado en la Cámara santa de Oviedo, que provoca la ira del monje ciego, Borges, en El nombre de la rosa.
El objetivo retrata y arrastra las almas en vida como las muestras de aquellos últimos indios asesinados por el hombre blanco (cristiano). Los ojos miran con asombro al disparador, tienen mas miedo que vergüenza y parece que esperasen algo, tal vez ese paso al paraíso prometido por ser buenos, buenos fieles, buenos vasallos, buenos siervos. Como siempre, como hoy nos quieren: mansos y entregados.

lunes, 14 de mayo de 2012

BIO logical degrowth



































Cristina Ferrández nos trae la naturaleza al espacio abierto por Lola Orato en Oviedo. Relaciona ciencia, arte, economía y naturaleza; mediante vídeos fotos e instalaciones en un intento por hacernos comprender la profundidad del problema y la inmediatez del mal. Quiere utilizar el arte como arma política y ecológica, de denuncia del maltrato del planeta. Las fotografías sirven como referencia de lo que está siendo y no debería ser. La globalización es el nuevo instrumento del capitalismo para extenderse por el planeta sin falta de ocupar el territorio de una manera física o presencial.
El título de la exposición es un eslogan ecologista que se refiere al decrecimiento como una solución a los problemas económicos del mundo, la búsqueda de nuestras conciencias para que dejemos de limitar nuestros objetivos en el crecimiento continuo, en el consumo masivo, en el quiero más y más; como si solo pudiésemos sobrevivir mediante el expolio de los recursos naturales en que se basa el sistema capitalista, sin darnos cuenta de que los hombres y las mujeres somos un recurso natural más a ser expoliado. El usar y tirar genera un mar de basura, un séptimo continente de mierda flotante donde los plásticos y los mosquitos campan a sus anchas, o mejor: navegan sin temor del uno al otro confín.
El amor por la naturaleza y la preocupación por su degradación ya nos lo había intentado comunicar Cristina en sus exposiciones anteriores, donde podemos relacionar su trabajo con el Land Art y con la influencia de la obra de Richard Long:
«La naturaleza ha sido siempre un tema del arte, desde las primeras pinturas rupestres de la fotografía de paisaje del siglo XX. Quería usar el paisaje como un artista de nuevas maneras. Primero empecé a trabajar con materiales de uso poco corriente, materiales naturales, como la hierba y el agua, y esto me llevó a la idea de hacer una escultura de pie, con mis pasos. Esta era una línea recta en un campo de hierba, q ue era también mi propio camino, yendo a ninguna parte. En las obras tempranas mi intención era hacer un arte nuevo, que era también una nueva forma de caminar: el caminar como arte, que era diferente de las demás categorías de caminar, como viajar. Cada paseo, aunque no por definición conceptual, se hizo a cuenta de una idea en particular. Por lo tanto caminar a pie —como arte— es siempre para mí, una manera simple de explorar las relaciones entre tiempo, distancia, la geografía y la medición. Estos paseos se registran en mi trabajo en la forma más adecuada para cada idea diferente: una fotografía, un mapa, o una obra de texto, siendo todas estas técnicas formas de alimentar la imaginación.»











Tras los incansables viajes de Cristina los mapas han vuelto al papel, cierra el circulo, nos relata lo que ha visto y nos sitúa con atlas, mapas y cartas de navegación en el mundo real.
Utiliza los mapas porque estos pueden presentar varias lecturas, una primera como simple obra, como imagen bella que nos reclama y otra como icono, como conjunto de signos que nos llevan a una lectura más profunda de lo que son unos dibujos bidimensionales, representan la geografía de un lugar, su estructura y su paisaje, su suelo. Sobre ellos Cristina reproduce la simbiosis, como si los líquenes, en vez de sobre las rocas del bosque de Muniellos, se esparciesen sobre la geografía humana de nuestros pueblos. Los mapas no son tan solo el símbolo de la naturaleza, sino que también son el símbolo de la actuación del hombre sobre el paisaje, trasformándolo unas veces y destruyéndolo otras.
En los mapas diseñados por Cristina Ferrández encontramos distintos estratos, lecturas superpuestas como si de un museo posmoderno se tratase. Utiliza los líquenes como ejemplo de como la colaboración es útil para la vida y como la creación de redes horizontales frente a las estructuras verticales del poder son imprescindibles para la supervivencia de los miembros de la sociedad.
En el catálogo reproduce las palabras del filósofo e historiador inglés Robin George Collingwood: «El artista debe profetizar, no en el sentido de que anuncie el porvenir, sino en el sentido de que dice a su público, a riesgo de disgustarle, los secretos que guarda en el corazón.»
El artista ya no es el héroe romántico, sino más bien el hombre chamán que pintaba bestias en el interior de las cuevas para atrapar el alma de los animales; el artista como eco de la sociedad en la que vive.








http://galeriadearteasturias.com/
http://www.cristina-ferrandez.blogspot.com.es/

sábado, 28 de abril de 2012

Acahualinca














Cesar Naves utiliza sus vacaciones del año 2010, para viajar como cooperante a una de las cimas de la civilización occidental, la montaña de mierda que rodea la laguna Acahualinca en Managua, en la orilla sur del lago Xolotlán.
El Vertedero de La Chureca surgió después del terremoto que asoló el centro de la capital nicaragüense. Tras el seísmo de 1972 que produjo diez mil muertos y una fortuna para la tiránica familia Somoza, (“Puede que sea un hijo de puta pero es nuestro hijo de puta”, decía el presidente Roosevelt cuando se refería a su adlátere) el gobierno se dedicó, en vez de restaurar con la ayuda internacional, a bombardear las ciudades enterrando mas de 50.000 muertos en su lucha contra la guerrilla sandinista.

La gente vive dentro del vertedero y para el vertedero. Doscientas familias, entre 1.500 y 2.000 almas (en pena) viven allí, mueren allí. Pero otras 20.000 personas se alojan en los barrios limítrofes al basurero, porque allí es donde trabajan recogiendo basura de la basura, una basura de mala calidad porque ya ha sido escogida previamente antes de ser arrojada a Acahualinca, apenas solo les queda por recoger las bolsas donde se tiran los desperdicios, estas bolsas las lavan en sus chavolas y luego tienden los plásticos como si fuese su colada, para poder venderlos por un poco más de dinero.

Las fumarolas de gas metano salen a la superficie de la planicie de detritus donde los niños escarban, a más de 35 ºC, para apenas ganar un par de dólares al día. Por eso es mejor dedicarse a la prostitución, pueden sacar veinte dólares al día, es el futuro de las niñas con suerte, las otras no llegarán a viejas.

El proyecto que llevó a Cesar a trabajar en La Chureca consistía en programas de higiene, de prevención de enfermedades sexuales y de alimentación. Mujeres voluntarias del barrio intentan explicar a sus vecinas medidas higiénicas y de prevención, también llevan carritos con libros haciendo de bibliotecas ambulantes en una desesperada campaña de alfabetización, para que los niños vayan a las escuelas. El proyecto procura buscar empleo a los varones que viven dentro del vertedero para que las unidades familiares se puedan mantener sin falta del trabajo de los niños.
Los cooperantes salían por las mañanas y visitaban las casas de Acahualinca, donde pesaban y tallaban a los niños que se encontraban, con una báscula de baño y un metro de costurera. Cesar estuvo allí treinta y un días. Me cuenta como una mañana les asaltaron con un machete en plena calle. O como otro día, cuando estaba almorzando en una pulpería, se les acercó un chaval, que no había parado de mirarles mientras comían, y les preguntó:
—¿Ya acabasteis? es que yo me quiero comer eso que dejasteis en el plato.
Cesar me explica que su ritmo es diferente y que tenemos que aceptar esa forma de ser, que no podemos juzgarlos aplicándoles nuestras costumbres.


En el poblado conviven las viudas y las prostitutas con sus hijos, las niñas no pueden ir a la escuela porque tienen que ganarse el pan recogiendo basura sino lo consiguen serán prostituidas.
El estado civil de las mujeres está clasificado en los papeles oficiales en cuatro categorías: soltera, viuda, casada y acompañada.

—Tener nueve hijos aquí es difícil.
—Si, es un milagro de Dios —responde Juana que acaba de cumplir treinta años y ya no esta ni soltera, ni viuda, ni casada, ni acompañada y vive en una choza hecha de hojalata y uralita y se dedica a rebuscar con sus hijos plásticos entre la basura, pero no puede venderlos limpios porque no hay agua donde ella vive—.
—¿Qué pides a la vida?
—Poder salir de aquí y tener una casa con agua potable.

Leo en una entrevista a la artista y fotógrafa asturiana, Soledad Córdoba, que se supone que la fotografía es para documentar un hecho real pero que el fotógrafo, al apretar el disparador desde un punto concreto, hace que la realidad no sea tan real. “A mi me gusta jugar con eso”—añade la avilesina. En las fotos que expone Cesar Naves en el Ateneo Obrero de La Calzada, en Gijón, no hay nada con lo que jugar, sólo nos queda maldecir y llorar.
El Infierno de Dante no es imaginable; este, en cambio, es real y es peor, y lo han creado los hombres (un milagro de Dios). Un paisaje de vacas, cerdos y ratas contra humanos, donde los niños se pegan con los zopilotes por la basura.

lunes, 13 de febrero de 2012

ANTI-MICROBIAL Protection


















Cesar Naves ha recorrido el mundo y en todas partes se ha encontrado con los restos de los sueños, con lo que queda del material con el que se construyen los sueños. Los restos de lo que nos da la vida, el humus con el que cubrimos la Tierra, el estiércol en que convertimos todo aquello que tocamos; detritus, como los sueños abandonados en las esquinas de la vida.
Las fotografías disparan humanismo, nos enseñan donde se posan el final de las ideas, en que nos convertimos cuando llegamos a puerto y rendimos pleitesía a la madre Naturaleza.
Engullimos alimentos, penetran por la boca se deslizan por la garganta, bajan hasta el estomago, se van descomponiendo, se van corrompiendo como la vida misma. Ya que vivir es morir, comer es cagar; hemos de morir para que surja la vida, todo se transforma y no somos mas que una parte de un mundo que apenas comprendemos. Todos defecamos, todos nos inclinamos para dejar caer las deposiciones que abonaran la tierra, pero ¡maldita sea! aunque todos lo hagamos, no todos cagan en el mismo sitio, aunque todos tengamos que hacerlo para vivir algunos cagan en váteres dorados.
Cesar viaja por escenarios que van llenando su vida de paisaje y sentimientos. Jordania, Kenia, Croacia, Nepal, España, Senegal, son algunos de esos rincones; como escribió Paul Bowles en El cielo protector: «Entre el turista y el viajero la primera diferencia reside en parte en el tiempo. Mientras el turista, por lo general, regresa a casa al cabo de algunos meses o semanas, el viajero, que no pertenece más a un lugar que al siguiente, se desplaza con lentitud durante años de un punto a otro de la tierra. El turista acepta su propia civilización sin cuestionarla y el viajero la compara con las otras y rechaza los aspectos que no le gustan». No hay ningún afán crítico o despectivo en las instantáneas de Cesar, igual que no hay ningún afán de hacer turismo en sus viajes, tan solo es el discurrir de la vida, como un río, lleno de meandros, charcos y rápidos por los que descendemos sin apenas poder hacer nada por evitarlos.
Las fotografías pueden ser un recuerdo o una denuncia, o una manía, o más bien un intento de compra de recuerdos —como cuando un replicante sueña con ovejas eléctricas— de turista japonés (o español) pero también puede ser una obra de arte. Cuando la idea, tras la reflexión, nos lleva a intentar comunicar algo («torear es tener algo que decir y decirlo», decía el maestro Rafael el Gallo) nos estrujamos los sesos buscando el camino. Cesar enfoca de manera artera y precisa, adrede; sabe lo que nos quiere contar: todos los hombre y mujeres por muy alta cuna que hayan tenido han de buscar un rincón para depositar sus restos.
Me cuenta Arley (mi escanciador personal) que en su pueblo, en Chinche Viejo en la Cordillera Central colombiana, cerca de Macondo donde  Aureliano Buendía vio como su hijo recién nacido con una cola de cerdo, como había profetizado la maldición, era comido por los hormigas, «porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra.» había usado retretes como alguno de estos, en particular como esa especie de jaima a la orilla del río Senegal. Construían así los baños para la gente humilde, en la vega de los ríos cavaban un agujero y hacían un reguero hasta el agua, ponían una tabla encima a la que habían recortado un circulo en el centro, el invento también servía de ducha colocando una manguera por arriba de los palos que sujetaban la lona.
Hace poco tiempo que hay aseos en las casas de España, antes las viviendas solo disponían de una vacenilla “¡Agua va!” gritaban cuanto arrojaban las heces por la ventana. Ahora ya nadie recuerda aquello, se buscan hoteles con spa y pulserita en la muñeca y la mayor aventura que han sufrido ha sido tomar un mojito en el Floridita o comprar unas castañuelas de plástico a un gitanillo en el mirador de san Nicolás.
Cesar nos narra lo que ha visto, no lo que le han enseñado, ni lo que le han dicho, de esos sitios donde mamá nos decía que no fuésemos, esos sitios donde sentiste que estabas vivo y que la vida era mucho más que pensar que propina dejo al maître. La vida solo luz y sombras, frío y calor, un agujero, ese sitio donde nos sentimos vulnerables. Tal vez sea más real que decir “se vive como se sueña”, decir: se vive como se caga, solos.
 
César Naves en La Sala de Blas (Archidona)
4-25 de febrero del 2012
http://noterustas.blogspot.com/
http://www.facebook.com/pages/La-Sala-de-Blas/170763322963628

jueves, 25 de agosto de 2011

Dos destinos, un cuadrilatero








Dos destinos, un cuadrilátero es el titulo de la exposición de Ione Saizar en la galería de Gijón, El arte de lo imposible, fotografías de boxeo realizadas en el transcurso de una única velada, en Londres donde vive desde el año 1994.
Cuenta la artista nacida en Zarauz en 1965, como la idea de la exposición le surgió tras presenciar un combate de boxeo en Londres. Observó en la lucha, como es “necesario un grado de agresión, pero también de control emocional” las imágenes surgen “empujadas, desdibujadas hasta que casi parecen un cuadro” encuentra en ellas “una observación del aspecto emocional y psicológico de ese dialogo aplicado a la vida”. Recuerda la primera imagen que vio en una televisión “imágenes en blanco y negro de dos hombres en un cuadrilátero. Robustos, musculosos, enormes, americanos. Uno de ellos era Muhamed Ali. Hombres que se golpean sin excusa necesaria. Hombres que al parecer han resuelto el miedo al dolor y a que siempre uno gane o pierda”.
Admiradora de Antoine d´Agata (uno de mis héroes, al que tantas veces recurro para ilustrar mis textos, ya que sus fotografías reflejan el ánima de LLOVIENDO PIEDRAS) , William Eggleston, Moriyama y Alice Neel; sus fotografías intentan reflejar, partiendo del primigenio blanco y negro de las veladas de leyenda, y reconvirtiéndolo con elegantes azules y algún otro toque de color, como la lucha continua. Figuras en movimiento, fuertes contrastes de luz y figuras corridas, idealizadas pero llenas de realidad, la realidad de esa noche que se mueve en busca del nihilista final, como el de Robert Ryan en The Set-up, tan bien retratado por la fotografía de Milton Krasner.

Yo también vi ese combate de Cassius Clay cuando era un niño, recorrí descampados entre pueblos de adobe, con mi padre y mi abuelo en busca de un bar con televisor. Era el campeonato del mundo de los pesos pesados entre Muhammad Ali y Joe Foreman en Kinshasa en 1974, fue el combate de boxeo más famoso de la historia, una pelea mítica donde Ali se convirtió en "el más grande", la inteligencia domeñó a la fuerza, la clase a la fuerza, “flota como una mariposa y pica como una avispa”.
Yo contemplo las siluetas de los púgiles, la rotundidad de los guantes, las cabezas enfrentadas, los torsos en escorzo, el movimiento salvaje de las figuras, observo los puñetazos sobre el fondo azul noche, escucho los gritos del público, el sordo sonar del intercambio de golpes, las botas deslizándose por la lona, el intento de bailar contra la muerte convertida en otro hombre (pobre) y desesperado como tú (yo) mismo. Las fotografías de Ione son como elegantes cerámicas negras impresas sobre un fondo azul, Tal vez el recuerdo, idealizado de la infancia, le ha hecho ver la lucha de una manera romántica, ya sabemos que la patria es la infancia el único sitio donde hallaremos la felicidad y al que nunca regresaremos. Los golpes se suceden, ya no hay sitio para juegos, hay que proteger la mandíbula de los uppercut y tener cuidado con que no nos golpeen el hígado. Un golpe de arriba abajo en el maxilar inferior y todo se habrá acabado para muchos, esa maldita mandíbula de cristal que acabó con tantos sueños de gloria. Aunque para otros el final estuvo en un crochet seco en la oreja, como los golpes de Duran "Mano de piedra", cuando el contrario después de recibir el golpe todavía no se da cuenta de que está acabado e intenta dar un paso y de repente se ve en la lona con el cuerpo doblado.
Historias de la noche, historias de sangre y derrota, el dolor como una herramienta para conseguir la felicidad, esa felicidad que venden en los escaparates de los grandes almacenes y en los anuncios de la televisión (ahora en color).
Solo los más grandes, como Jack Densey, Muhammad Ali o Sugar Ray Robinson, conseguirán la gloria y se convertirán en héroes, no en aquellos "ídolos de barro" que se arrastran vencidos por los tugurios de la noche, como remedo de un circo para sombras.
Movimiento en la oscuridad, un ritual antiguo, como si fuese una danza funesta que anticipa la derrota y aunque los dos lo saben a ninguno le importa o tal vez precisamente por eso se estén pegando, por la búsqueda de una efímera gloria, de un escapar de la puta realidad, de las interminables horas de miseria y de desesperanza, y la búsqueda de una salida, de un escape en unos guantes de boxeo. A fin de cuentas, ¿no es la vida La gran ramera de Babilonia?
















foto X-C

lunes, 13 de septiembre de 2010

Francesca Woodman














Francesca Woodman (1958-1981)
"La fotografía es también una manera de conectar con la vida. Hago fotos de la realidad filtradas a través de mi mente."
"Esta noche no estoy contenta. Pienso y hablo a menudo de mi detestable tendencia al romanticismo. Creo que el esfuerzo de deshacerme de esta actitud en mi trabajo ha tenido un extraño efecto en mi vida..."
"Mi vida en este punto es como un poso muy viejo en una taza de café y preferiría morir joven dejando varias realizaciones... en vez de ir borrando atropelladamente todas estas cosas delicadas..."
¿Que pasó?, tenia 23 años y me tiré por la ventana.